8 abr 2018
Trébol
Habíamos ido a un cementerio de Mina Clavero ese día, en Córdoba. Estaba nublado, recuerdo, y la noche anterior había llovido a cántaros por lo que en los caminos de tierra se nos embarraban las zapatillas. Caminamos bastante hasta llegar. Yo iba cantando una canción de amor buscando el sol que a veces se asomaba por entre las nubes. Los demás iban en la suya, también.
Adentro del cementerio no había nadie. Bueno, es una forma de decir; no había gente respirando visitando frascos vacíos, excepto nosotros.
Como había llovido, habían caracoles por todos lados. Agarré uno y lo puse en la palma de mi mano por un rato. Me hacía cosquillas porque me estaba mordiendo. Era muy linda la sensación. Después pensé que quién era yo para sacar al caracol de su lugar, ¿no estaba él tranquilo hasta que yo llegué a molestarlo? Lo dejé, entonces, sobre la hierba y volví con mis amigos. Guillermo estaba emocionado porque un colchón de tréboles de tres hojas repletos de rocío se extendía por gran parte del cementerio: sobre la tierra que cubría las tumbas, sobre los predios vacíos, en el camino y en medio de las casillas familiares.
Voy a encontrar uno de cuatro hojas, dijo. Yo me reí; negué hasta el hartazgo que eso fuese posible. De todos modos, mientras leíamos los nombres de las lápidas y algún que otro epitafio, seguíamos buscando ese supuesto trébol de cuatro hojas. Cada minuto que pasaba era para mí la razón que me aseguraba que no íbamos a encontrar uno de esos tréboles entre todos los demás. Puede que tampoco hubiera estado buscando realmente.
Al cabo de unos minutos, Guillermo gritó: ¡lo encontré! ¡Encontré un trébol de cuatro hojas!
Lo arrancó y lo trajo en la palma de su mano, como yo con el caracol momentos atrás. Sí, había encontrado un puto trébol de cuatro hojas. Natalia se burlaba de mi pesimismo y yo, por supuesto, ya no tuve nada que decir; Guillermo había encontrado su trébol de la suerte. Nunca tengo nada que decir, en verdad.
Le sacamos una foto sobre las primeras hojas de un libro. Hay sólo una palabra en esa página: Arrancando; y al lado está el trébol.
Arrancando tréboles. Arrancándonos nosotros mismos nuestras raíces. Arrancando, ¿hacia dónde?
Cuando decidimos irnos, el sol ya estaba ocultándose detrás de las sierras. Queríamos llegar a la casa antes de que anocheciera. Quise ir a despedirme del caracol, pero él ya no estaba en donde lo había dejado. Un trébol de cuatro hojas, ¡en millones de tréboles, uno solo! Guille dijo, convencido, que ese iba a ser su año. Al volver, seguí cantando canciones de amor mientras miraba cada tanto cómo se embarraban nuestras zapatillas.
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