8 abr 2018

Los ojos abiertos

¿Curarle las heridas? ¿Ser ella quien lo saque de ese encierro? Aquellas oraciones más que simples deseos, para él resultan como encendidas propuestas, viajes excitantes. Sólo repasa esas líneas… Demonio, ¿quién no caería rendido a unas propuestas semejantes? La flor está abierta a su lado, de cara a ese sol mustio que no es sino otro que el demonio: un sol apagado que tira rayitos láser descartables, esos con pilas redondas y chatas que no duran tanto tiempo como uno quisiera. Y la flor, que nunca había sido arrancada, a la que siempre papá y mamá le dijeron que se apartase de criaturas como él, está experimentando en estos momentos la sombría carencia de hallarse vista con el tallo cortado dentro de un vaso con agua de hace algunos días, y que con el paso del tiempo olerá cada vez peor. El panorama: un clima de domingo por la tarde; el panorama: un clima de luz de bajo consumo. ¿No es realmente encantador? Aún se percibe el aroma al café de la mañana y el aroma que de ella se desprende. ¿Quién podría negarse a tanta cosa? ¿Cómo pudiera decirle que no? Cúrame, entonces; se pierde en un jadeo involuntario, al verle arrugar los labios: un gesto de puchero a medio camino. Su boca se acerca, pero no concluye en ningún beso: la tensión. Sácame de aquí; esconde entre las palabras la desesperación de saberse otra vez solo. Se estaba acercando al terraplén justo cuando vuelve a abrir los ojos y da cuenta de la oscuridad a su alrededor, del silencio y del puntito brillante-azulado de algún aparato electrónico que titila no muy lejos de la cama.

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