8 abr 2018

Escritos del viejo XI

Entonces se reincorpora, apresurada, como si tuviese a dónde ir, y se echa a correr al otro extremo de la azotea. Yo me levanto con el cigarro en la mano. Se sube a la cornisa con su dolor a cuestas y mi pupila se dilata. Ha pegado un grito; pienso en que si nos están buscando, cosa posible, eso no ayudará demasiado a mantenernos a salvo, pero poco me importa, porque siento mares de baba, otra vez. Es la voz de mi conciencia ahogándose en tarros de lidocaína. De forma mecánica llevo el cigarro a mi boca y chupo. Por dentro la voz me dice que la deje caer, que incluso vaya y la empuje. Exhalo por la nariz. Sólo un dedo bastaría; con sutileza, escucho, me dice que se acabaría el dolor. Héroe. Pérdida del equilibrio. Suicidio. A veces volar, pienso en este momento en volar y no sé por qué, tampoco nos aleja de los dolores. Quisieras llegar al sol, pero este te quema la piel. Y no es radiante ni es espléndido: duele. Y luego irremediablemente caes. Tu cuerpo se hace añicos contra el suelo. ¿Te acuerdas de eso, demonio? Y no mueres, continúas respirando. Tragas piedras en el impacto, en cada impacto, que hacen que tu cuerpo pese cada vez más y pierdas el eje de lo que es trascender. Tantas jodidas piedras hacen que cueste más volar. Algún día te olvidarás de cómo se hace y te levantarás ya sin alas. Retroceso. ¿Será así? Luego te darás cuenta de que, aunque lento, comienzas a envejecer: morirás más rápido de lo que crees. Tal vez la eternidad no sea eterna después de todo. O tal vez trascender sea eso: ir despojándose del castigo de la vida imperecedera. Evoco una sonrisa anestesiada ante esta última ocurrencia mía, mientras veo su espalda y el delgado culo de la flaca balancearse en la cornisa. Ella tiene la muerte al alcance de un salto justo ahora. Y yo me acerco, decidido a guardarme ese dolor para mí; lanzarla al vacío, que caiga, que se apague y me transmita un poco de su culpa. Cargo con tantas, sólo una más. 

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