Esa tristeza. Comienza como garúa finita. Sube ansiosa, pasa por tu panza, oh, adrenalina liberada se apodera de tu pecho. Cada latido. Tristeza desgarradora. No tienes tiempo para llorar, pues el vacío invade todo recoveco. No hallas nada más que un silencio incierto que aguarda latiente.
Suspiras. Miras por la ventana y las persianas están bajas. Te asomas y a través de las rendijas los filos de luz perforan tus ojos. Afuera llueve, tanto como adentro. Humedad hay en todos lados.
Suspiras. Miras por la ventana y las persianas están bajas. Te asomas y a través de las rendijas los filos de luz perforan tus ojos. Afuera llueve, tanto como adentro. Humedad hay en todos lados.
Suspiras otra vez, ahora con presencia. La tristeza profunda te colma de una ansiedad que te hace sonreír y es tan parecida a la alegría cuando le viene a unx, sorpresiva. ¿No te ha pasado? Caminas por la calle, pensando en nada o en todo, y pronto aparece, repentina, la sensación alegre, pequeña, pero inmensa, fugaz, pero que prevalece. Transformar. Se puede. Y humedad seguirá habiendo en todos lados.
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