Ha pasado demasiado. O eso creo. Tengo recuerdos borrosos de los últimos tiempos.
Todavía sigo sin estar del todo aquí.
Todavía se percibe desfasada.
Miraba sus manos como una suerte de encontrar el ancla.
Miro mis manos como una suerte de encontrar un ancla.
El paisaje le obnubila la mirada.
El paisaje me enceguece.
El sol resplandece allá en lo alto. Se esconde entre la copa de los árboles, pero allí está. Y los árboles, no puedo alcanzarlos. Y en cada brisa aparece, el sol, para quemarme los ojos cada vez que miro hacia arriba.
Las formas son muy nítidas; no lo puede creer.
Nunca imaginé que esos verdes fuesen tan deliciosos.
Se le derrite la boca de imaginar su sabor.
Se me derrite la lengua de apenas recordar mi nombre.
Alrededor, sin embargo, poco puedo distinguir. La oscuridad pareciera querer abrazarme.
La oscuridad la abraza entre raíces secas y algo más.
Escucho susurros: viejas voces.
Pero los haces de luz le develan lo sagrado: la vuelta al barro.
Cada espectro me atraviesa, cada partícula suspendida me mantiene en un capullo infinito.
He nacido tantas veces, tantas que ya no recuerdo, si alguna vez hubo una primera vez.
Y de todas las veces que se ha muerto,
no puedo hacer más que llorar.
Al mirar sus pies,
estoy descalza.
¡Ay! ¡Y el barro!
Quisiera estar desnuda, pero la ropa poco tiene que ver con aquel deseo de desvestir a los átomos. Y el barro es barro siempre en algún lugar, y es, porque lo pienso siendo.
Las voces se atrevieron a decirle que creen que este es un nuevo final.
Les grito en silencio que la serpiente se devora a sí misma.
Las voces la envuelven en la cuna de lo familiar: una Iglesia; un gato muerto; una caminata por el cementerio; una verdad; un árbol en otoño; un cigarrillo siempre por la mitad.
Miro mis manos y no veo la sangre. El falso alivio suelta un suspiro.
¡Tantas fueron las veces en que ha desconocido las líneas de sus manos! ¡Tan rojas! ¡Tan muerte! Pudiera haber estado vagando por cualquier otro lado esta vez, y hoy no es sangre sino barro, la sangre de la tierra, lo que embadurna los dedos y las palmas.
No te equivoques, el suspiro es mío.
Se arrodilla, el demonio.
Me arrodillo yo.
La piedad.
Mi piedad.
Sus ojos se cierran.
Necesito encontrarme.
Una rama le chista. Los pasos del acercamiento. Un elemento exterior. Limitación de su propia mente: lo inesperado. El anhelo que la sacase de la eternidad imaginaria que alberga dentro.
Alguna realidad azarosa y otra vez el claro del bosque me materializa, porque supe ser aire. Y mis lágrimas supieron ser agua. Y mi pies, la tierra. Y mi boca, el fuego.
No sabe si es un sol o una luna.
Miro hacia arriba, hubiera creído que era de día. Puedo creerlo todavía.
No recuerda cómo.
No recuerdo cómo llegue aquí. Pero puedo verla ahora, como en un sueño. Aunque esto es real, debe serlo. Me siento etérea en esta neblina, y aún así, los haces de luz siguen perforándome la carne. No me puedo ir.
Permanece sentada.
Estoy esperando.
No sabe cuánto ha caminado.
He avanzado demasiado.
—Ven, siéntate aquí conmigo. Por favor. Dime que no te irás otra vez. No tanto tiempo, al menos.
Su voz es la corteza desprendida. No suena tan mal el canto de un pájaro a lo lejos. El mismísimo viento meciendo la copa de los árboles. Un ciervo herido dejándose morir a la vera de un ciprés. Los cazadores se deleitan.
Hundiré mis pezuñas en el fango, ¡y me ahogaré de ser necesario! ¡No querrán tocarme si estoy sucia!
Las voces que nunca se fueron, le reprochan a gritos la ausencia. ¿Acaso lo sabe? ¡Claro que lo sé! La carcajada me brota como una semilla de pino y sube tan rápido como puede a hacerse eco entre los árboles. Mis ramas. Mis pequeños tallos. Todo.
La ve descomponerse: sus raíces tan mustias. Pero de todos modos intenta.
Me puedo ver crecer en la imposibilidad de una promesa. Mi voz es mi voz, como el barro es el barro. ¿Lo has oído? ¡Mi risa! ¡Tu risa! ¿Nos has escuchado reír? ¿Te acuerdas de todas las veces que? Si llegase a hablarte no haría más que reprocharle a la vida. Me río porque nada ha cambiado tanto, pero hoy es todo diferente. Nada ha cambiado tanto y hoy todo es diferente, pero volvemos siempre a los mismos lugares: para ver qué ha sido de nosotrxs, para ver qué seguir haciendo, para recoger las sobras, repartir arbitrariamente y llevarnos el resto. Venimos a buscar espejos: melodías, un respiro. ¡Necesito esta tierra sacra en mis manos y en mis pies! La cofradía de verme en tus ojos de nuevo, que no son más que mis ojos y viceversa.
No sé si estoy dentro mío o soy lo que está por fuera.
No sé si soy adentro de alguien más o afuera.
No sé si fui o afuera.
Pero estoy pensándome o alguien lo está haciendo, o afuera.
Mírame: soy eterna otra vez.