25 may 2018
Si tan solo me creyera que yo soy el mar
Nunca puedo delinear el detalle. Siempre bordeo las generalidades. No puedo naufragar en las profundidades de ningún océano, me quedo en la orilla de la mediocridad. Intento adentrarme en estas aguas y las olas siempre me escupen de nuevo a la costa; es un mar que no desea mi cadáver. Y la arena está tan entumecida en esta playa, que ni siquiera mis huellas dejan alguna marca en toda esta inmensidad, y el agua no penetra y no hay mejillones, solo peces muertos, solo residuos contaminantes que lastiman mis pies: trabas de la mente que subyugan mi existencia.
16 may 2018
Vos hubieras dicho: bienvenidx a la humanidad.
Me encuentro desesperada. Por más de que mire por horas al techo, las manchas en las vigas de madera siguen siendo las mismas. Y ya no encuentro distintas formas. Son solo manchas. Pronto dejaré de ver al andróginx con las piernas abiertas, al caballo-dragón y a cristo crucificado. No quiero perder la esperanza que me ata a repetirme hasta el cansancio, del que nunca me canso realmente, que siempre hay más vueltas de tuerca de las que creo suponer. Y digo suponer, porque no estoy segura de nada, como la alarma de ese auto, dubitativa, que se activa por un ruido muy fuerte que no sé de dónde vino, y no tiene idea de que nadie está atentando contra el automóvil, pero ella suena igual, porque no lo sabe, porque es una alarma.
No sé qué hacer con estas emociones tan prematuras. No sé en qué poste sostener mi espalda para no desmoronarme. No la pierdo. Mantengo la esperanza. Pero solo la puedo sostener, no sé cómo darle impulso a todo lo que llevo en las manos, que se me cae y yo levanto y se me cae y levanto.
No quiero caer en ilusionismos vacuos que hacen que la idea pierda valor; se trata de una especie de demagogia de los conceptos que se expande por todos lados, pero hacia ningún sitio va. Puedo verlas, parada en mi lugar, a las ideas como cosas que flotan a mi alrededor, pero no me atraviesan, no las asimilo. Nunca, ningún sitio que pueda tocar. ¿La fuerza de un pensamiento radica en su acción, en el obrar? No hago nada. No sé quién atornilló mis pies al suelo. Quizá fui yo. Todavía tengo manos. Todavía quedan rastros de mi voz y a veces vuelvo a cantar.
¿No puedo hablar de esparcir buenos valores, sea lo que eso fuere, sino los promulgo mediante mis actos? Quisiera, a veces, no tener la esperanza tatuada en la piel. Todo ese candor, toda la amabilidad, todas las ganas de estar conmigo por sentirte complacido, ¿qué hago yo con esta esperanza? ¿Sobre qué escribiríamos si no hubiera injusticias en el mundo? No quiero perder la esperanza, porque el día que lo haga, de verdad no sabré qué hacer conmigo. Y asimismo quisiera despojarme de ella, porque así, cuando me esté arrastrando en el suelo, lo estaría haciendo sin más; sin levantar mis pedazos, sin buscar la cinta de papel para unir nada, sin programar el despertador a las cinco y media, sin mirarte de lejos con culpa de no haberme zambullido nunca en ningún lugar.
Soy ese charco de lluvia en la cuadra que refleja la suela de una mugrosa zapatilla antes de que esta caiga en mí y se moje. Traté de advertirte, pero nadie escucha a los charcos. Soy toda la poesía que pueda haber en un charco de lluvia. Hago tan bien mi papel, que también puedo ver cómo, al pisar esa baldosa traicionera, parte de mí, te mancha la ropa y arruina un momento de tu día. Sin embargo, no soy más que eso. Y el sol o la escoba de una vieja acabarán conmigo tarde o temprano. Pero en algún momento volverá a llover. ¿Y qué hago yo con toda esta esperanza mutilada?
Soy ese charco de lluvia en la cuadra que refleja la suela de una mugrosa zapatilla antes de que esta caiga en mí y se moje. Traté de advertirte, pero nadie escucha a los charcos. Soy toda la poesía que pueda haber en un charco de lluvia. Hago tan bien mi papel, que también puedo ver cómo, al pisar esa baldosa traicionera, parte de mí, te mancha la ropa y arruina un momento de tu día. Sin embargo, no soy más que eso. Y el sol o la escoba de una vieja acabarán conmigo tarde o temprano. Pero en algún momento volverá a llover. ¿Y qué hago yo con toda esta esperanza mutilada?
Miro hacia arriba otra vez: creo haber encontrado una fogata, un alma y un hombre-tiburón.
11 may 2018
El sentido de la conexión
Apenas basta con tocar
con un dedo
el agua del mar de cualquier parte
para estar tocando,
aunque estés lejísimo,
una parte de África también;
porque el agua lo recorre todo,
decía Bernardo,
porque todo está
en todas partes.
¿Por qué no lo puedes sentir, Montoto?
¿Por qué te enredas en trivialidades
cuando al mundo
poco le importa
nada de lo que hagas
con todo esto?
1 may 2018
¿Vienes de lejos también?
¿Vienes de lejos también?
No recuerda su nombre
ni el planeta en el que vive.
¿Quién eres?
Yo te conozco.
Todas las mañanas me levanto y te siento.
A veces me olvido de tu rostro
pero sólo basta con verme en el espejo
para recordarte.
La bilis negra sabe de insistir.
Mi angustia es dorada,
pero no brilla.
El sol no llegó a evaporar el agua de adentro de las macetas
y la lluvia fue tan cruel
como no poder evitar ver las cosas que no queremos ver.
La desidia sabe cuán largo es su hábito
que amordaza con sogas de yute las cinturas
y magulla la carne hasta la asfixia, de viajantes que,
como yo,
sólo sabemos de arrastrarnos
ante las instituciones de la existencia
porque a veces nos olvidamos de caminar erectxs.
Y nos volvemos cenizas,
cuando el fuego ya ha incinerado
hasta el más escondido recoveco,
como si, con la cabeza fundida al suelo, le pidiéramos perdón
al universo
por atrever a suspendernos
ínfimas eternidades
a través del tiempo,
crepitando inútiles
en una intrascendencia que no espera a nadie.
¡Vienes de lejos, sí!
¡Y no sabes en qué planeta vives!
¡Tampoco recuerdas tu nombre!
Pero ves cosas que no quieres ver.
¡Y luego no haces nada!
Sólo contemplas día a día
pudrirse las raíces
del mundo entero
desde hace siglos
(porque te atreves a decir que sabes lo que es mirar, como si fuese algo distinto de saber escuchar).
¡Pronto! ¡Está lloviendo otra vez!
Déjalas a las gotas perforar
el centro de tu cráneo. Oye la frialdad con la que te paralizas.
Y hasta combustionar
y fundirte con el resto
en una alquimia insondable,
toma ese trapo viejo:
créeme, deberás pulir
lo inevitable.
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