1 may 2018

¿Vienes de lejos también?


¿Vienes de lejos también?
No recuerda su nombre
ni el planeta en el que vive.
¿Quién eres?
Yo te conozco.
Todas las mañanas me levanto y te siento.
A veces me olvido de tu rostro
pero sólo basta con verme en el espejo
para recordarte.
La bilis negra sabe de insistir.
Mi angustia es dorada,
pero no brilla.
El sol no llegó a evaporar el agua de adentro de las macetas
y la lluvia fue tan cruel
como no poder evitar ver las cosas que no queremos ver.
La desidia sabe cuán largo es su hábito
que amordaza con sogas de yute las cinturas
y magulla la carne hasta la asfixia, de viajantes que,
como yo,
sólo sabemos de arrastrarnos 
ante las instituciones de la existencia
porque a veces nos olvidamos de caminar erectxs.
Y nos volvemos cenizas,
cuando el fuego ya ha incinerado
hasta el más escondido recoveco,
como si, con la cabeza fundida al suelo, le pidiéramos perdón
al universo
por atrever a suspendernos
ínfimas eternidades
a través del tiempo,
crepitando inútiles
en una intrascendencia que no espera a nadie.
¡Vienes de lejos, sí!
¡Y no sabes en qué planeta vives!
¡Tampoco recuerdas tu nombre!
Pero ves cosas que no quieres ver.
¡Y luego no haces nada! 
Sólo contemplas día a día
pudrirse las raíces 
del mundo entero
desde hace siglos
(porque te atreves a decir que sabes lo que es mirar, como si fuese algo distinto de saber escuchar).
¡Pronto! ¡Está lloviendo otra vez!
Déjalas a las gotas perforar
el centro de tu cráneo. Oye la frialdad con la que te paralizas.
Y hasta combustionar
y fundirte con el resto
en una alquimia insondable,
toma ese trapo viejo:
créeme, deberás pulir
lo inevitable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario