16 may 2018

Vos hubieras dicho: bienvenidx a la humanidad.

Me encuentro desesperada. Por más de que mire por horas al techo, las manchas en las vigas de madera siguen siendo las mismas. Y ya no encuentro distintas formas. Son solo manchas. Pronto dejaré de ver al andróginx con las piernas abiertas, al caballo-dragón y a cristo crucificado. No quiero perder la esperanza que me ata a repetirme hasta el cansancio, del que nunca me canso realmente, que siempre hay más vueltas de tuerca de las que creo suponer. Y digo suponer, porque no estoy segura de nada, como la alarma de ese auto, dubitativa, que se activa por un ruido muy fuerte que no sé de dónde vino, y no tiene idea de que nadie está atentando contra el automóvil, pero ella suena igual, porque no lo sabe, porque es una alarma. 
No sé qué hacer con estas emociones tan prematuras. No sé en qué poste sostener mi espalda para no desmoronarme. No la pierdo. Mantengo la esperanza. Pero solo la puedo sostener, no sé cómo darle impulso a todo lo que llevo en las manos, que se me cae y yo levanto y se me cae y levanto.
No quiero caer en ilusionismos vacuos que hacen que la idea pierda valor; se trata de una especie de demagogia de los conceptos que se expande por todos lados, pero hacia ningún sitio va. Puedo verlas, parada en mi lugar, a las ideas como cosas que flotan a mi alrededor, pero no me atraviesan, no las asimilo. Nunca, ningún sitio que pueda tocar. ¿La fuerza de un pensamiento radica en su acción, en el obrar? No hago nada. No sé quién atornilló mis pies al suelo. Quizá fui yo. Todavía tengo manos. Todavía quedan rastros de mi voz y a veces vuelvo a cantar. 
¿No puedo hablar de esparcir buenos valores, sea lo que eso fuere, sino los promulgo mediante mis actos? Quisiera, a veces, no tener la esperanza tatuada en la piel. Todo ese candor, toda la amabilidad, todas las ganas de estar conmigo por sentirte complacido, ¿qué hago yo con esta esperanza? ¿Sobre qué escribiríamos si no hubiera injusticias en el mundo? No quiero perder la esperanza, porque el día que lo haga, de verdad no sabré qué hacer conmigo. Y asimismo quisiera despojarme de ella, porque así, cuando me esté arrastrando en el suelo, lo estaría haciendo sin más; sin levantar mis pedazos, sin buscar la cinta de papel para unir nada, sin programar el despertador a las cinco y media, sin mirarte de lejos con culpa de no haberme zambullido nunca en ningún lugar.

Soy ese charco de lluvia en la cuadra que refleja la suela de una mugrosa zapatilla antes de que esta caiga en mí y se moje. Traté de advertirte, pero nadie escucha a los charcos. Soy toda la poesía que pueda haber en un charco de lluvia. Hago tan bien mi papel, que también puedo ver cómo, al pisar esa baldosa traicionera, parte de mí, te mancha la ropa y arruina un momento de tu día. Sin embargo, no soy más que eso. Y el sol o la escoba de una vieja acabarán conmigo tarde o temprano. Pero en algún momento volverá a llover. ¿Y qué hago yo con toda esta esperanza mutilada?
Miro hacia arriba otra vez: creo haber encontrado una fogata, un alma y un hombre-tiburón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario