8 abr 2018

Mi corazón, que tu sabrás dónde lo pones

Al terminar de escupir sus últimas palabras, quedó en silencio, pero sentía que debía seguir hablando, porque en tanto permanezca sin hacerlo es cuando más a la intemperie te encuentras y comienzas a hilvanar pensamientos que son como parásitos, que se arraigarán a la piel y comenzarán a escarbar, hurgando la carne hasta lo más hondo. 
Animó a su mano a llegar hasta el picaporte, pero no hizo más que apoyarla y esperar, como si todo lo demostrado hacía unos momentos, toda aquella actitud intrépida de pavo real se redujera a la timidez de aguardar un turno imaginario, de esperar alguna orden porque en realidad siempre fue un subordinado errante, un siervo del rey, una abeja obrera.

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