Al terminar de escupir sus últimas palabras, quedó en silencio, pero sentía que debía seguir hablando, porque en tanto permanezca sin hacerlo es cuando más a la intemperie te encuentras y comienzas a hilvanar pensamientos que son como parásitos, que se arraigarán a la piel y comenzarán a escarbar, hurgando la carne hasta lo más hondo.
Animó a su mano a llegar hasta el picaporte, pero no hizo más que apoyarla y esperar, como si todo lo demostrado hacía unos momentos, toda aquella actitud intrépida de pavo real se redujera a la timidez de aguardar un turno imaginario, de esperar alguna orden porque en realidad siempre fue un subordinado errante, un siervo del rey, una abeja obrera.
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