Te levantás. Te cambiás a las apuradas. Vas al baño aún con los cordones desatados. Te abrigás, y es que hace frío afuera. Abrís la puerta y sacás la bicicleta; todavía es de noche y la frescura te hiela las mejillas y la nariz. Empezás a pedalear como hacés casi todas las mañanas, hasta que mirás al cielo, despejado, y una enorme, enormísima luna llena en Escorpio se eleva sobre tu cabeza dejándote desnudx. De repente sentís una alegría hermosa que sale para afuera
y te reís
y cantás
y el semáforo se pone en verde para que pases vos.
Por los auriculares suena “Toda la vida tiene música hoy” y mirás para arriba y la luna sigue ahí, no se va, todo el viaje te acompaña. Le decís a las personas en la parada del colectivo que miren a la luna. ¡Está enorme, está enorme!, se emociona una señora. Saludás al pibe que te encontrás casi todas las mañanas, justito se acaba de bajar del colectivo. Mirá la luna, mirala.
Ay, encima hoy es viernes, aunque podría ser lunes, señor, pero esa luna ahuyenta un poquito todos los males de este mundo, por un rato, por un ratito. Y entonces cantás, cantás, cantás.
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