Lo vi. Me bajé de la bicicleta en Paraguay y Jean Jaures, y me interpuse entre los autos: un pichón de torcaza estaba tratando de volar, pero se le iban los autos encima. Se había asustado por la cantidad de monstruos de metal y no sabía para dónde ir. Como la vida de un pájaro no importa más que lo apurados que iban todos a vayamos a saber dónde, todos le pasaron por encima, incluso hasta queriendo pasarme por encima a mí. Sentí tanta desesperanza. Aún así, por más cerca que le hayan pasado, ninguno lo aplastó.
Traté de guiar, entonces, al pichón hacia la vereda y lo logré. Respiraba con el pico abierto y temblaba del susto. Me tenía miedo. Medité llevarlo a mi casa, pero era imposible; tengo muchos gatos. Hasta que la vi, a ella, a la madre, que me miraba desde la marquesina de un local. Bajó a buscar a su hijo y se fueron volando. Los autos siguieron pasando. Los autos siempre siguen pasando. Y la contemplación de la vida, de todas las vidas, es algo que jamás van a entender las masas.
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