Era inútil
tratar de serenarse:
el corazón
le daba
tales zancadas
que parecía
que en cualquier momento
lo vomitaría
y este abriría
desesperado
la puerta,
manchando
con su sangre
por doquier,
tiñéndola
con toda la intensidad
de lo que siempre
le fue fácil
guardar en los bolsillos.
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