Alcancé
a tragar
los cántaros de baba
que tenía en la boca.
Sentí vergüenza
de haberme quedado
con la mano extendida
queriendo alcanzar algo
que ni siquiera sabía con exactitud
de qué se trataba,
pero era una especie
de tesoro perdido,
algún objeto fosilizado
en el tiempo.
Pude ver más
que el néctar,
sino la miel,
sino a la abeja reina
zumbándome
en la cara
con su enorme culo,
apuntando el aguijón
directo hacia mi pecho.
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