Su voz se pierde en el murmullo constante que invade el espacio, que asimismo se mezcla con el aroma a cigarro y transpiración, volviendo el ambiente tan espeso como la brea; imagino una sustancia alquitranada vertida en las paredes y el techo, chorreando hirviente la carne al rojo vivo de todos los condenados que aguardan en este basurero. Todos los sentidos puestos a merced de causar la misma densidad: de plástico quemado y derretido, de tiempo pasado y perdido.
Lo más importante aquí no es eso, sin embargo: es que alguien está deteniéndome el paso; me sujeta del brazo con una delicadeza tan medida que me entran ganas de llorar, de reír hasta llorar; una pluma de algún pajarito moribundo sobrevolando la brea que destila este sitio: en algún momento caerá.
Y yo en la casa juntaré las pelusas que aguardan en los rincones. Elegiré la más bella y la apelmasaré con ayuda de mis dedos, como cuando te sacas un moco. La pelusa más linda, la haré una bolita. Y la guardaré entre las hojas de un libro viejo. Porque las pelusas también pueden ser como las flores. Poesía.
¿Y a quién le importan las pelusas?
Trae consigo una escoba de pelos tiesos y las barre.
A todas las pelusas, las barre.
Estás delirando, demonio.
Y esto es lo de menos.
Respirar es lo de menos.
Una mano sosteniendo mi brazo, deteniéndome, es lo de menos.
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