Es agradable eso de mantener escondida la condición real. ¿Entiendes a lo que me refiero? Me ruega que no se repita; cada noche vuelvo ebria a casa. Y cuando me acuesto, miro al techo y no me puedo dormir. Me fumo un porro y no me puedo dormir. Leo, miro la caja boba: pasan una película de zombies y sigo sin poder dormir.
Fue su cumpleaños la semana pasada, le mandé un mensaje de texto porque pienso que no soy, que no soy, ¿entiendes? Jamás me contestó, su madre, y hace bien. Cuando miro por la ventana puedo ver, cuando ellos tienen las persianas levantadas, hasta el fondo de la casa, donde estaba su habitación, en donde ella ya no duerme. Cambiaron las cortinas. El sol siempre entraba por ese lado y lo sigue haciendo, pero ella ya no duerme en esa cama. Yo mando mensajes y nadie me contesta, antes sí, antes recibía respuestas. No me animo a marcar su número y decirle con la voz, a la madre, de vernos, que cruzaría, que entraría a la casa y tomaríamos unos mates o jugo de manzana en esos vasos naranjas, da igual. Pasan los años y cada día me cuesta más. ¿O me importa menos? Ahora las persianas están cerradas.
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