8 abr 2018

Estaba pensando en que así y todo trato de conservar la calma. Te preguntarás, ¿para qué? Pues lo mismo me pregunto yo en estos momentos: ¿Para qué? ¿Para qué vives, demonio? ¿Para qué conservas la calma? ¿Para qué y por qué reduces en una acción insignificante tanta cosa que te desborda por dentro? ¿Por qué tu locura es cortarse los dedos con el filo de una hoja? Es como tratar de endulzar con vinagre un té; como querer guardar en un dedal treinta litros de agua. 

Y sin embargo, vaya uno a saber por qué, te mantienes cuerdo cuando los demás no pueden con su alma, ¿no lo has notado? Entre tanta oscuridad, te das cuenta de no ver nada y tienes la mecha y tienes el mapa de salida (la que no quieres encontrar)
Sabes que no eres el único que nada entre la multitud, pero sabes que, aún así, eres el único, después de todo. Pensaba en eso: en conservar la calma; en que las manos resquebrajadas de un campesino son más bellas que las delicadas e inútiles manos de una princesa. En eso pensaba mientras el suero goteaba de la bolsa e ingresaba en mis venas mediante el catéter. Yo me alimento de esto: es lindo ver a la gente rota. Es hermoso verla repararse, pegándose los pedazos con cinta scotch, cosiéndose los retazos que se les desprenden del cuerpo. Son más bellas las que tienen hojas caídas que eternos árboles frondosos. 

No comprendes nada de lo que digo, ¿verdad? Por eso no quería responderte, demonio. Y creo que es mejor así; que no me entiendas, que no te entiendas.
Yo sí te entenderé y estaré cuerdo cuando no puedas más con tu alma, si es que tienes una.
Y llegará el momento en que te atormente cuando a mí se me de la regalada gana
y llegará el momento en que me retuerza
y te retuerzas 
y me ames 
y te ame 
y me odies 
y te odie 
y llegará el momento 
en que los filos de luz comiencen a iluminar el cielo
y por fin muera la madrugada.

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