Se hicieron las 02:00 a.m. y él me dijo que me acompañaría a la parada del colectivo; lo repitió varias veces, tantas que debía ser. Joder, qué bien. No esperaría sola esa noche. Sé que mi imagen, la que se ve por fuera, no demuestra necesitar que alguien me acompañe a la parada del colectivo, pero esta vez alguien me lo había dicho: me esperaría. Y esa noche en particular, era de esas en las que a unx le apetece sentir la compañía del otrx. La idea de pensar que alguien esperaría a otro ser, a esas horas, un día de semana, a sabiendas de que luego tendría que retomar su rumbo para ir a esperar el colectivo que lo lleve a su propio destino, me colmaba de una sensación agradable; esta vez no sería yo quien esperase que otrx se suba al bondi y contemplase, desde abajo, confiando en que se acuerde de saludar por los ventanales después de haber abonado el boleto. ¿No es esa una linda sensación? Percibir la mirada del viajante conocido buscarte a través de las ventanas y sonreírte desde arriba, mientras la curvatura de su boca se pierde de vista una vez que reanudan su andar las naves.
Estuvimos aguardando los tres que apareciese el colectivo de una amiga, bueno, no es su colectivo, pero, hey, se entiende, ¿no?; llegado el momento, luego de que mi amiga partiera a su casa tras vítores de despedida, dije, por cortesía, que tal vez ya era tarde y él preferiría ir a su casa también. Quizás hubiere significado un error estratégico de mi parte, puesto que me respondió casi en el acto que sí, que en realidad prefería irse a casa, que hacía mucho frío esa noche. Y ahí estaba yo, pensando en que era cierto: hacía frío esa noche, y no podría obligar ni persuadir obligando, no podría. Se precipitó a saludarme y entonces cada uno tomó rumbos diferentes. Esperé una hora el colectivo, nadie más aguardaba en la misma parada; sentada en el cordón de la vereda, jugaba a que el vapor que salía de mi boca era el humo de un cigarro imaginario.
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