8 abr 2018

Viernes

El verano se termina. Los días comienzan a ser más cortos: amanece más tarde, oscurece más temprano. Ya se nota. Salís de tu casa para ir al trabajo. Está comenzando a clarear; pero en la ciudad ningún gallo canta. Son las seis y veinte de la mañana y afuera llueve a cántaros. No te gusta usar paraguas; de todos modos decidís llevarlo hasta llegar a la parada del colectivo. Te mojás igual. Sentís al agua empaparte las medias y eso que recién salís de tu casa y todavía te espera una mañana movida. I know it’s over de The Smiths suena por los auriculares mientras sentís que el corazón te pesa tanto como estar cargando en subida una mochila gigante con diez sandías. Pero es viernes, los viernes siempre le caen bien a la gente. Y no te importa que mañana te toque trabajar: hoy no deja de ser viernes. 

En el viaje, te conmueven las luces, que ves desde adentro del colectivo, divisarse expandidas a través de los cristales de la ventana empañada. Las gotas que salpican los vidrios se tiñen de colores. Luces rojas hipnotizantes salen de los semáforos, luces de giro amarillas titilan desesperadas en la parte trasera de los autos; tienen sabor a durazno. Sin embargo, todo esto no te separa de las penas del mundo, y las penas del mundo no son suficientes como para que te sientas vacíx del todo. Las luces llenan pequeños huecos en las caries del alma; la música te mece en el vaivén del colectivo. 
Estás llegando tarde al trabajo, aunque aquello no logra resultar más relevante que la rara sensación de estar sintiendo al aire entrar y salir de tu cuerpo en cada respiración, en cada respiración. Sentís al universo moverse adentro, en tus tripas, y sentís la unidad. Estás vivx ahora, por escasos segundos, hasta caer rendidx a la rutina y activar otra vez el piloto automático. Disfrutá de esos respiros tanto como puedas.

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