8 abr 2018

Escritos del viejo VII

No tengo ganas de estar aquí. Estoy prendido a la misma lata de cerveza desde hace, por lo menos, una hora. No tengo ganas de estar aquí, pero tampoco de estar allá, ¿entiendes? Estoy aquí rodeado de idiotas porque el silencio estaba agobiándome demasiado. Y sin embargo sigue habiendo silencio, por más ruido del que me rodee; pero que no llega a ser silencio del todo. Es uno en el que sabes que hay algo. Imagina una habitación oscura: en un rincón en el que no llegas a ver con claridad, se vislumbra una figura que aguarda, respirando lentamente. Y no sabes qué pretende, sólo sabes que está ahí, mirándote. Ese es mi silencio. No sabes cuándo la voz aflorará en tu cabeza y cuándo es que tomará las riendas de tus acciones, cosa que es peor. 

Me quedo colgado de un afiche que hay en la pared, sobre una fiesta temática o algo así. Dice la fecha y el horario con unas letras enormes y estrafalarias, pero no sé ni qué día es hoy. Las luces de arriba que se reflejan en el papel me parecen divertidas. Son violetas y verdes. Extiendo la mano para palpar el papel y sobre todo tocar las luces, aunque me doy cuenta de estar demasiado lejos del afiche. Entonces me resigno y sigo bebiendo. La cerveza está caliente, pero me la termino. Entre tanto enciendo un cigarro, que presiento será eterno.

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