Volvía a eso de las cuatro de la mañana a mi casa. Me había tomado el 84 en Venezuela y Avenida La Plata. El kiosco de la esquina estaba abierto como siempre y el bondi tardó eternidades en aparecer, como siempre. Ese día me había juntado con unos amigos. Una noche como tantas, de las amenas. El bondi iba hasta las pelotas de gente, por lo que llegué a la parte de atrás medio empujando, medio pidiendo permiso.
Acorde avanzaba en su trayecto se iba vaciando, pero sin dejar asientos disponibles para un boludo como yo, que le cede el asiento a cualquier vieja zorra. A veces no, a veces si veo que la vieja está en mejores condiciones físicas que yo, me quedo en el molde y que se aguante. Pero eso no es lo que quiero contar y de todos modos a las casi cinco de la mañana, no había ninguno de esos viejos danzando en el colectivo.
Acorde avanzaba en su trayecto se iba vaciando, pero sin dejar asientos disponibles para un boludo como yo, que le cede el asiento a cualquier vieja zorra. A veces no, a veces si veo que la vieja está en mejores condiciones físicas que yo, me quedo en el molde y que se aguante. Pero eso no es lo que quiero contar y de todos modos a las casi cinco de la mañana, no había ninguno de esos viejos danzando en el colectivo.
Venía pensando pelotudeces, como suele hacer uno cuando va en el bondi o cuando se baña o cuando camina. Lo cierto es que el ambiente dentro del colectivo era agradable, silencioso y como era invierno, era un placer luego de haberlo esperado tanto, estar adentro resguardado del frío. A veces uno viene embalado pensando infinita hartada de idioteces hasta que sale algún pensamiento profundo, o no. Imaginaba cómo sería Dios si existiera; me deprimía pensando en esto de disfrutar de la vida sabiendo que en algún momento las cosas se terminan y que no sabés si hay un más allá en el que vuelvas a tomarte una birrita con los pibes, y todas esas cuestiones que fascinan y asustan o incluso aburren; hasta que en un momento se me ocurrió mirar hacia la persona que iba sentada unos asientos más adelante de donde estaba parado yo. Vi que se comunicaba por lenguaje de señas con el que tenía al lado. ¡Genial!, pensé. Siempre me gustó ver a la gente comunicarse de esa forma y aprender yo también a manipular aquel idioma es algo que aún tengo pendiente.
Hasta ahí todo iba bien; no sucedía nada fuera de lo normal. El bondi paraba en cada semáforo en rojo, adentro el silencio reinaba y la pareja de sordomudos platicaba haciendo toda clase de gestos en los que yo me perdía y me deleitaba mientras ni siquiera se me ocurría mirar por la ventana para ver cuánto faltaba para llegar a casa. Pero, de un momento a otro, aquella conversación muda que se daba entre dos individuos se amplió y uno de ellos le hizo señas a alguien que estaba en diagonal a mi ubicación. Con disimulo, volteé para corroborar la situación y, en efecto, el pibe, un muchacho joven, le respondió, también con señas. Esto no termina acá. De repente, como en efecto dominó, como una cadena infinita con innumerables eslabones, todas las personas que iban sentadas comenzaron a comunicarse mediante lenguaje de señas. Yo, que iba un poco ebrio y bastante fumado me quedé estupefacto, con los ojos tan abiertos como el efecto canábico me dejaba.
¿Qué mierda? ¿Dónde carajo estaba? ¿Era Dios jugándome una broma? Nah, Dios no existe, me repetía. Por un instante pensé en que esto era la Matrix y ahora tenía que bajar Morfeo salido del culo de la galaxia a decirme que me tenía que tomar alguna pastillita de colores, ¡lo que sea! Casi todos los pasajeros, salvo el conductor, yo y algún otro perdido, eran sordomudos. Pero en ese momento no pensaba en nada más que en lo que me acontecía. Estaba completamente rodeado de personas comunicándose mediante lenguaje de señas y no podía ver algo más que no fuese eso. ¿Me había metido en un bondi multidimensional y había acabado en una realidad paralela en la que todos se manejaban por lenguaje de señas salvo una minoría? Me invadía un ruido inexistente. Cada gesto equivalía a un sonido y en ese colectivo había un tremendo griterío de señas. Sin poder evitarlo, me reí.
Creo que pude experimentar lo que sentiría, tal vez, alguien sordomudo en nuestro ambiente habitual, o no, quizá nada que ver. Con respecto al gran número de personas sordomudas que viajaban un sábado a las cinco de la mañana en el 84, no sé, supongo que habrán salido de joda todos juntos y se tomaron, una cantidad considerable, el mismo colectivo cuando llegó la hora de volver a casa. Y con lo que a mí compete, por suerte no me pasé.
Me bajé del bondi en la parada correcta. Hacía un frío que helaba. Saludé al del puesto de diarios que ya estaba arriba esperando la mercadería. Caminé las tres cuadras restantes y al llegar a la puerta, me di cuenta que había dejado las llaves en la casa de mi amigo.
Me bajé del bondi en la parada correcta. Hacía un frío que helaba. Saludé al del puesto de diarios que ya estaba arriba esperando la mercadería. Caminé las tres cuadras restantes y al llegar a la puerta, me di cuenta que había dejado las llaves en la casa de mi amigo.
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